3.4.15

num abril

Era jueves y ya esperábamos, claro que no ansiosos, su llegada. Venía todos los días pero en realidad muchos no. Avanzaba arrastrando la mirada desde la otra punta del pasillo y abría la puerta ya derrotado, como si hubiese pasado el trayecto rechazando abrazos. La gran mayoría pensaba que su resignación era culpa del sistema educativo y él siempre prefirió que fuese así. Llegué a oír que un complicado divorcio le había quitado la voz y extraviado la vista. Nadie quiso creer que si no veía es porque realmente no podía.

Los viernes a última hora quedábamos pocos; aguantábamos allí por una especie de juramento medieval del que nunca llegamos a hablar. Empezaba la clase sin saludar, haciéndonos creer que llevaba ahí un rato aguardando a que nos calláramos, aunque aún llevase el abrigo encima y los hombros llenos de nieve. 

Sus explicaciones iban cogiendo carrerilla conforme su brazo entraba en calor y conseguía moverse ágil de lado a lado de la pizarra olvidando la artritis, leucemia o la infección que fuera que tuviese. El capítulo lo cerraba una tiza que, abatida por los movimientos desacompasados, ponía fin a la lucha y se lanzaba al suelo. Entonces se propagaba una sacudida general, un momento de esos en los que Hans Zimmer mete timbales, dejábamos de escribir y le mirábamos conmovidos. Él nos inmovilizaba con sus diminutas pupilas para evitar que alguien se agachase a recogerla mientras sacaba lentamente de una cajita del bolsillo una nueva, como un vaquero que no retira la mirada de su adversario al desenfundar el arma. El vaquero enseñaba estructuras y vestía tirantes con las tensiones calculadas.

Pese a no ocupar entre todos ni la mitad de las primeras filas, utilizaba el micro. Lo colocaba al lado del tercer botón de la camisa y no se daba cuenta pero le oíamos latir. Cada día menos y más bajito.
Fue por entonces cuando caímos en la gravedad de los problemas cardiovasculares y empezamos a estudiar como desquiciados, para que no se disgustase. Nos calentamos tanto que quedábamos por las tardes para estudiar defensa contra las artes oscuras. Nuestro rendimiento creció y nuestras notas subieron pero su semblante permanecía imperturbable, aplastado por un entrecejo que perdió la elasticidad al irse la peseta.

Frustrados ya por el secretismo de su diagnóstico, perdimos la fe y aunque nunca dejamos de ir (cuando un caballero jura…), perdimos completamente la atención (la nuestra y la suya).
Un día un Erasmus de la última fila grito ¡basta! y se lo llevaron en ambulancia. Imagino la conversación dentro del vehículo, con una tacita de té, las piernas cruzadas y el meñique a 30º…”no, si a mi lo que me pasa es que estoy deprimido”.

(Revista Revive Bocaccio)



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