6.4.15

Entonces, ¿qué es el arte?

“Entonces, ¿Qué es el arte?”
Y los intelectuales que están de guardia, oyen la llamada, se miran y sonríen picarones, mientras en sus ojos se dejan asomar dos brillitos perfectamente geometrizados como en los comics de manga, y se agarran fuerte a la silla reclinándose hacia atrás, como si hubiese turbulencias, porque la contracción instantánea de los músculos inferiores no les deja adaptarse a ningún mueble. Caen en que por fin ha llegado el momento de vomitar todos los datos recopilados con esmero durante tanto tiempo, de predicar la palabra divina, comprensible o no, y con esa picardía regurgitando ya por la campanilla, pronuncian, con un tono de voz ligeramente más grave al normal, algo así: “Casualmente has sacado mi tema preferido, debatámoslo durante horas, es más, ¡tomémonos una caña!” (Nótese la importancia de la cerveza…los sabios se la permiten gustosamente sólo cuando se tratan temas de artistas, ‘ellos consumían LSD, qué mínimo’).

Cuando la espuma de la primera caña ha bajado lo suficiente como para dejarse beber, los compañeros de tasca ya están hablando del tiempo, de tarifas de Jazztel o de la que se nos viene encima con los máster de posgrado. Realmente es así, nadie quiere debatir qué es arte y qué no. Enteraos de una vez. A los artistas les agobia verse fuera del corte, los que no los son se agobian por no comprenderlo y a los que utilizamos el término artista nos angustia que nos pregunten qué es lo que queremos decir exactamente. Viene a ser algo así como la masturbación femenina, o los dolores postcoitales, que se preguntan con cuidado y bajito, no vaya a ser que el resto sí que los entienda.
No estoy segura de que un mundo tan capilarizado y variopinto nos permita cometer la imprudencia de crear una macrocategoría que se llame  Arte, sin subcarpetas, sin propiedades.
Si por algo hay cada vez titulaciones más específicas y términos abarrotados de prefijos, viene a ser porque hemos llenado el almacén y necesitamos más sedes. Estanterías nuevas con millones de baldas y divisores (y subdivisores).
El esfuerzo ancestral de los autores por tratar de dar la vuelta con sus obras a las condiciones que se les ha puesto, de sorprender y no encasillarse se ve ahogado en el primer contacto con el mundo real. En el instante en que este sudor de artista se mete en una caja y a golpe de Dymo, se le sella con la etiqueta “Pintura” o “Fotografía”.
Los concursos y certámenes poco a poco se atreven con categorías multiaventura como pudiesen ser “Nuevas Tendencias”, o “Artes Plásticas” o la revelación de la “Performance”, de la que ya no solo hemos conseguido acuñar el término sino que somos capaces de explicárselo a nuestros abuelos. Creo también, que estas nuevas clasificaciones son un indicio más del sofoco aquel, en este caso de un jurado de Bellas Artes, por no saber dónde meter qué cosa y acabar haciendo una categoría de “varios”, que viene a ser un saco de objetos con taras y apellidos.
La dichosa y eterna necesidad de poner apellido a todo.

Yo, que soy Jiménez Jiménez, lejos de ser artista, ya llevo 3 cervezas a vuestra costa.

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