9.4.15

A mí, que me publiquen en un paso de cebra.


Ya hace días que dando vueltas por Madrid, al llegar a un paso de cebra en vez de parar, me entran ganas de cerrar los ojos, lanzarme a la carretera y dejar que el coche haga lo conveniente. Me echa para atrás, pese a la clara poépica del morir sobre un verso, que lo confundan con mi nota de despedida. Dejar que Leiva te escriba la nota de suicidio es algo así como que tu exmarido planee tu boda. Así que me resigno, miro a la derecha, a la izquierda, un poco hacia abajo para leer rápido y aprovecho la indignación para cruzar deprisa.
Últimamente, he estado jugando a su juego; he cogido la antología del pop, rap y reggaeton español y cambiado todos los besos por versos y vicebesa. Y he de reconocer que no se me da nada mal;  estoy a punto de conseguir que me publiquen.

Leí hace unos días a Bolaño, y cómo Carlos Wieder, el transgresor piloto-poeta chileno (turbideces aparte), escribía sus versos en el aire (como Apu a Manjula) y todos flipaban, no solo las adolescentes. Dominaba tanto medio, como contenido. Quizá aquí esté la cuestión, que el medio preceda al contenido y que tras la excitación inicial por una buena idea (de medios), nadie sepa qué es lo que realmente querían contar. 

Al colectivo Boa Mistura, desde luego, más y mejores creativos no les hacen falta, de ideas de desarrollo, dibujantes, ilustradores, pintores, fotógrafos están sobrados…son brillantes, todos lo sabemos y les felicito por ello, pero les falta un estratega, o en su defecto un poeta de verdad para que al menos, la brillantez de sus capacidades no se vea pisada por la gilipollez que escriben.
Pero ellos son solo un ejemplo más de la corriente de poesía fácil de autoayuda por la que estamos pasando. Necesitamos frases que nos definan, que queden bien al lado del ombligo, que vistan nuestras paredes, que se aprendan nuestros hijos, que repitan nuestros loros, que rellenen las descripciones, nuestros perfiles, tazas, agendas, fondos de pantalla, currículums, felicitaciones, consejos, artículos, crónicas, vídeos…
Cargamos frases al hombro de lado a lado,  vacías,  fáciles de entender, con algún desafortunado copyright debajo. Pasamos horas esperando a que nos llame a la puerta, (literal, porque se puede hacer un encargo a domicilio), la frase que queremos oír, sin especificaciones ni dedicatorias; un enfermo de cáncer comparte la misma copla que un chavalín con mal de amores y a mi se me parte el corazón.

Recuerdo ahora un curso que hice con Oyer Corazón de diseño gráfico; nos hablaba de la “poesía cero”, decía que nadie iba a dedicar más de un minuto a lo que habíamos hecho. Quizá se interpretó mal…puede que nos hayamos resignado y hagamos las cosas para la aclamación rápida, para que se compartan antes de que de tiempo a ser rebatidas. Veinte segundos para ver, medio minuto para hacer la foto y 10 segundos para compartirla.
  
También puede ser que quienes sean los que den permiso para que se pinten los pasos de cebra tampoco hayan dedicado más de un minuto a aprobar la propuesta.
Incluso puede ser que la única que lleva varias horas dándole vueltas a esto sea yo. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Cada vez más superficiales, con las redes sociales a la cabeza, apostando por el yo. Escribimos en 140 caracteres, ya no aguantamos vídeos de más de cinco segundos, sí, exacto, la aceptación rápida. Necesitamos que nos escuchen, pero qué miedo si escuchan nuestros deseos y temores más profundos y, sobre todo, qué miedo escuchar los temores y deseos más profundos de los demás, mejor no sufrir... Así poco a poco, esas frases nos igualan por abajo, horizontalidad de emociones, que bien puede ser cierta, pero nos hace seres menores, y con menos capacidades para sentir, por ende para crear.

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