16.2.13

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“Cuando llegues a casa, manda una perdida” y sin saber muy bien la razón, cogió a la pequeña y comenzó a embalarla.

Primero, le compró ropa nueva, pero exactamente del mismo color que la que llevaba el día que desapareció, no fuese a ser que la encontrasen y no la reconociesen, y todo por un capricho de madre, vamos hombre... 
Sacó brillo a sus zapatitos. La aseó y la peinó. Al principio se acobardaba cuando acercaba el cepillo a su cabecita, pero fue acostumbrándose a que las púas se deslizaran y jugueteasen entre los nudos de su pelo que cada vez brillaba más.
Tenía magulladuras y arañazos, así que lo más aconsejable era un paquete acolchadito, con plástico de burbujas de las de explotan, para que se entretuviese.
Ya estaba lista. Un beso en la frente antes de que la cinta sellase la última apertura. 
Las pegatinas de frágil y urgente esperaban al lado de la dirección, pero no escribió remite;  supuso que una perdida no se perdería.
“Bueno, pues mamá ya estará tranquila”.